Sorolla


El Maestro Don Joaquín Sorolla. Pinturas y Wallpapers de alta calidad.

3 comments

  1. Es un comentario para J. V. Gómez que dedica un artículo más a criticar tres palabras exactamente son 4, ” no a la catalanidad de Sorolla, si a su valencianidad” o parecido. No soy más que una admiradora de pintores y que escribe sobre cine, teatro y literatura, pintura no es mi tema. pero sobretodo no soy nacionalista y en cambio noto que los valencianos o el Sr. Gómez, no es que sea valenciano también, con todos mis respetos a él y al pintor Sorolla de reconocimiento creo más que de sobras, sino que es como TODOS LOS RACISTAS Y ABSURDOS SEPARATISTAS; no los catalanes sino tu, que te separas de tu vecina tierra catalana, como si tuviera mayor importancia el tal comentario de la revista tal de la exposición. Si Dalí es de Cadaqués y catalán, no pasa nada porque alguien anónimo o yo, por ejemplo, escriba, que Dali está entre la catalanidad y la valencianidad, por el comentario que sea vaya. Más bien me hace esto reir, y me confirma que sigue habiendo las manias de toda la vida entre los valencianos con Cataluna.
    Os recomiendo Sr. Gómez mi blog, y deciros que escribo con la mayor soltura y alegria que puedo, hoy.
    Ciao, Eva Maria de barcelona que vive y reside hace 10 anos en Europa, Alemania.espero no herir sensibilidades, como tu artículo ha hecho, y se trataba creode Sorolla……

  2. “que sigue habiendo las manias de toda la vida entre los valencianos con Cataluna.”
    Amiga catalana, creo que no sabes muy bien quienes son los que han comenzado este conflicto. Yo soy valenciano, valencianista pero también español y creo que como yo creo que casi la totalidad de valencianistas.

    No cabe duda de que los catalanes medievales –mal que les pese a los nacionalistas– tenían las ideas muy claras, y éstas no eran formar parte de una nación independiente.

    Con esos antecedentes repetidos vez tras vez no puede sorprender que, durante los siglos siguientes, Cataluña y los catalanes se sintieran hondamente españoles. Como el resto de los españoles, participaron en la guerra civil de inicios del siglo XVIII, que algunos pretenden presentar falsamente como un conflicto independentista catalán, cuando fue un enfrentamiento dinástico. Defendían –con personajes como Casanova, convertido en icono nacionalista– no la independencia de la nación catalana, sino al pretendiente austriaco frente al borbónico.

    Como el resto de los españoles, los catalanes también resistieron al invasor francés en el Bruch y en el asedio de Gerona, y no deja de ser significativo que una de las heroínas españolas más famosas de la guerra de la independencia fuera la catalana Agustina de Aragón.

    Como el resto de los españoles, también los catalanes combatieron en Marruecos en 1859, a las órdenes de un general catalán llamado Prim, y desfilaron por las calles al sonido de Los voluntarios, una marcha militar que se interpretó entonces por primera vez.

    Como el resto de los españoles, los catalanes sufrieron también el desastre de 1898. Cuatro de los 33 últimos soldados de Filipinas fueron catalanes.

    Como el resto de los españoles, en suma, sufrieron las alegrías y tristezas de la historia de España, sin excluir la guerra civil de 1936, en cuyos dos bandos participaron. Nadie puede olvidar, por ejemplo, al Tercio de Montserrat, que, encuadrado en el ejército nacional, dejó su sangre, por ejemplo, en la batalla del Ebro.

    No puede extrañar que, como señalaba Cambó, no hubiera apenas catalanistas antes de él, o que, como dejó escrito Pla, los pocos que existían tuvieran fama de chalados. ¿Cómo iba nadie a creer en el nacionalismo con ese pasado histórico? A día de hoy, una mentira histórica tan monstruosa como la del nacionalismo pretende cerrar los ojos de los catalanes a la verdad. Para ello ha seguido la consigna de Prat de la Riba:

    Había que saber que éramos catalanes y que no éramos más que catalanes… Esta obra no la hizo el amor… sino el odio.

    Tristes son las palabras de Prat de la Riba, pero no pueden ser tachadas de falsas. Durante décadas, los nacionalistas han inoculado en sucesivas generaciones de Cataluña ese odio a España, una España a la que se ha pintado no como la madre común, sino como una opresora; no como el tronco que sustenta las diferentes ramas nacionales, sino como un árbol odioso y extraño.

    Además, los que han sembrado el odio se han empeñado en usurpar el nombre de Cataluña, como si fuera de su propiedad exclusiva, y se han permitido tachar de catalanófobos a los que no comparten los delirios del nacionalismo y tan sólo aspiran a que Cataluña sea una tierra en la que ni se asalte ni se agreda a los que no son nacionalistas; en la que la lengua catalana no sea barrera de separación sino instrumento de unión; en la que los padres puedan educar a sus hijos en su lengua madre, en la que no se vea al resto de España como enemigos sino como hermanos y en la que la ley sea la misma para todos, independientemente de que sean o no nacionalistas.

    Para impedir tan nobles metas, para implantar el nacionalismo en centenares de miles de corazones, el nacionalismo catalán ha tenido que recurrir al uso sistemático e ininterrumpido de la mentira, una mentira que, entre otras cosas, afirma que Cataluña es una nación.

    Te aseguro que si los catalanistas no tuvieran el afán que tienen, por imponer la lengua catalana en los territorios de habla parecida, -incluido Baleares- gastando los millones que gastan para tal menester, y trasgiversar la historia del Reino de Valencia para su beneficio no habrían problemas entre valencianos y catalanes. Al fin y al cabo todos somos españoles.

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