El vasco Blas de Lezo. He aqui la historia del mayor heroe español de todos los tiempos.


blasdelezo

He de reconocer que no conocia la historia. Mucha tinta se ha vertido sobre la batalla de Trafalgar, sobre las hazañas y conquistas britanicas sobre los Imperios Españoles y Napoleonicos, pero,sobre la batalla de Cartagena de Indias, donde los britanicos llevaron la mayor flota de todos los tiempos solo por detras de la Batalla de Normandia, para intentar tomar el mando sobre el dominio español, nada o poco se ha hablado. Los libros de Historia britanicos no recuerdan este importante capitulo de la Historia, pero lo que es mas grave, España ni el Nacionalismo Vasco tampoco, no les interesa. Este vasco, Blas de Lezo, consiguio con su heroicidad dar a España la hegemonia mundial durante al menos 75 años mas. He aqui su historia.

Biografía

Blas de Lezo y Olavarrieta nació en Pasajes (Guipúzcoa, España) el 3 de febrero de 1689. Pertenecía a una familia con ilustres marinos entre sus antepasados, en un pueblo prácticamente dedicado en exclusiva a la mar. Se educó en un colegio de Francia y salió de él en 1701, para embarcar en la escuadra francesa. Luis XIV había ordenado que hubiese el mayor intercambio posible de oficiales entre los ejercitos y las escuadras de España y Francia. Con apenas 12 años (1701), se enrola como guardiamarina al servicio del conde de Toulouse, Alejandro de Borbon. Se integró en la armada francesa, en ese momento aliada de España en la Guerra de Sucesion, que acaba de empezar, al morir Carlos II sin descendencia.

La guerra enfrenta a Felipe de Anjou, apoyado por Francia y nombrado heredero por el rey español con el Archiduque Carlos, apoyado por Inglaterra, ya que esta última temía el poderío que alcanzarían los Borbones en el continente. La escuadra francesa había salido de Tolón y en Málaga se habían unido algunas galeras españolas mandadas por el conde de Fuencalada. Frente a Velez-Malaga se produjo el 24 de agosto de 1704 la batalla naval más importante del conflicto. En dicho combate se enfrentaron 96 naves de guerra franco-españolas (51 navíos de línea, 6 fragatas, 8 brulotes y 12 galeras, sumando un total de 3577 cañones y 24.277 hombres) y la flota anglo-holandesa,mandada por el almirante Rooke y compuesta por 53 navíos de línea, seis fragatas, pataches y brolotes con un total de 3614 cañones y 22.543 hombres. dando como resultado al final de la contienda 1.500 y 2.700 bajas, respectivamente.

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Estatua de Blas de Lezo en Cartagena de Indias, Castillo de San Felipe

Blas de Lezo participó en aquella batalla batiéndose de manera ejemplar hasta que una bala de cañón le destrozó la pierna izquierda, teniéndosela que amputar, sin anestesia, por debajo de la rodilla. Cuentan las crónicas que el muchacho no profirió un lamento durante la operación. Debido al valor demostrado tanto en aquel trance como en el propio combate, es ascendido en 1704 a Alférez de Bajel de Alto Bordo por Luis XIV y se le ofrece ser asistente de cámara de la corte de Felipe V. Siguió su servicio a bordo de diferentes buques, tomando parte en las operaciones que tuvieron lugar para socorrer las plazas de Peñíscola y Palermo, en el ataque al navío ingles Resolution de 70 cañones, que terminó con la quema de este, así como el apresamiento de dos navíos enemigos que fueron conducidos a Pasajes y Bayona. Evidentemente necesitó una larga recuperación y rechazó estar en la corte, pues ambicionaba conocer las artes marineras y convertirse en un gran comandante. En 1705 vuelve a bordo y aprovisiona la asediada Peñiscola.

Continúa patrullando el Mediterraneo, apresando numerosos barcos ingleses y realizando valientes maniobras con un arrojo inusitado. Tanto es así que se le premia permitiendo que lleve sus presas a Pasajes, su pueblo natal. Pero enseguida es requerido por sus superiores y en 1706 se le ordena abastecer a los sitiados de Barcelona al mando de una pequeña flotilla. Sirviéndose de su aguda inteligencia, realiza su cometido brillantemente, escapa una y otra vez del cerco que establecen los ingleses para evitar el aprovisionamiento. Para ello deja flotando y ardiendo paja húmeda con el fin de crear un densa nube de humo que ocultase los navíos españoles, pero además carga «sus cañones con unos casquetes de armazón delgada con material incendiario dentro, que, al ser disparados prenden fuego a los buques británicos». Los británicos se ven impotentes ante tal despliegue de ingenio. Posteriormente se le destaca a la fortaleza de Santa Catalina de Tolon, donde toma contacto con la defensa desde tierra firme en combate contra las tropas del príncipe Eugenio de Saboya.  En esta acción y tras el impacto de un cañonazo en la fortificación, una esquirla se le aloja en el ojo izquierdo, que explota en el acto, perdiendo así para siempre la vista del mismo.

Ostentó el mando de diversos convoyes que llevaban socorros a Felipe V, burlando la vigilancia inglesa sobre la costa catalana. En 1711 sirvió en la Armada a las órdenes de Andres Pez. En 1713 ascendió a capitan de navío y en 1714 durante el segundo sitio de Barcelona, una grave herida le inutilizó el brazo derecho. En esa época, y al mando de una fragata, apresó once navíos británicos, entre ellos el emblemático Stanhope, navío de gran poder ofensivo.

Tras una breve convalecencia es destinado al puerto de Rochefort, donde le ascienden a Teniente de Guardacostas en 1707. Allí realizará otra gran gesta rindiendo en 1710 una decena de barcos enemigos, el menor de 20 piezas. Por estas fechas tiene lugar el referido combate con el Stanhope (70) comandado por John Combs, que le triplicaba en fuerzas. Se mantuvo un cañoneo mutuo hasta que las maniobras de Lezo dejaron al barco enemigo a distancia de abordaje, momento en el que ordenó lanzaran los garfios para llevarlo a cabo: «Cuando los ingleses vieron aquello, entraron en pánico». El abordaje de los españoles era una temible maniobra ofensiva, que los ingleses temían particularmente: los navíos españoles cañoneaban de cerca, tras lo cual lanzaban garfios y abordaban el navío contrario, buscando el cuerpo a cuerpo, hasta la rendición del enemigo. De este modo, con tripulaciones muy inferiores en número, los navíos españoles lograban apresar otros con mucha mayor dotación y porte.. Blas de Lezo se cubrió de gloria en tan fenomenal enfrentamiento, en el que incluso es herido, y es ascendido a Capitán de Fragata.

En 1712 pasa a servir bajo las órdenes de Andrés del Pez. Este afamado almirante quedó maravillado ante la valía de Lezo y emitió varios escritos que le valieron su ascenso a Capitán de Navío un año más tarde. Posteriormente participó en el asedio a Barcelona al mando del Campanella (70), en el que el 11 de septiembre de 1714, al acercarse con demasiado ímpetu a sus defensas, recibe un balazo de mosquete en el antebrazo derecho, quedando la extremidad sin apenas movilidad hasta el fin de sus días. De esta manera con sólo 25 años tenemos al joven Blas de Lezo tuerto, manco y cojo.

En 1715, al mando de Nuestra Señora de Begoña (54), y ya repuesto de sus heridas, se dirige en una extensa flota a reconquistar Mallorca, que se rinde sin un solo fogonazo.

Terminada la Guerra de Sucesion, se le confió el buque insignia Lanfranco. Un año después parte hacia La Habana escoltando a una flota de galeones en el Lanfranco (60), barco que será retirado del servicio debido a su calamitoso estado a su regreso a Cádiz.

Allí se queda hasta 1720, cuando se le asigna un nuevo navío bautizado también como Lanfranco (62), conocido asimismo como León Franco y Nuestra Señora del Pilar, y se le integra dentro de una escuadra hispano-francesa al mando de Bartolome de Urdazi con el cometido de limpiar de corsarios y piratas los llamados Mares del Sur, o lo que es lo mismo, las costas del Perú. La escuadra estaba compuesta por parte española de cuatro buques de guerra y una fragata, y por parte francesa por dos navíos de línea. Sus primeras operaciones fueron contra los dos barcos, el Success (70) y el Speed Well (70) del corsario inglés John Clipperton, que logró evitarles y tras hacer algunas capturas huyó a Asia, donde fue capturado y ejecutado.

Contrajo matrimonio en el Peru en 1725.

En 1730 regresó a España y fue ascendido a jefe de la escuadra naval del Mediterraneo. Habiendo surgido diferencias con las república de Génova, España estaba resentida por la conducta observada por aquel estado, y no de acuerdo con sus procedimientos, el general Lezo, por orden superior, se personó en aquel puerto con seis navíos y exigió, como satisfacción, el pago de los dos millones de pesos pertenecientes a España que se hallaban retenidos en el Banco de San Jorge, además de un homenaje a la bandera real de España. Mostrando el reloj a los comisionados de la ciudad, que buscaban el modo de eludir la cuestión del pago, fijó un plazo transcurrido el cual la escuadra rompería el fuego contra la ciudad. Los dos millones de pesos recibidos fueron enviados, por orden del rey, medio millón para el infante don Carlos y el resto fue remitido a Alicante para sufragar los gastos de la expedición que se alistaba para la conquista de Omán.

En reconocimiento de sus servicios al Rey, éste le concede en 1731 como estandarte para su capitana la bandera morada con el escudo de armas de Felipe V, las órdenes del Espíritu Santo y el Toisón de Oro alrededor y cuatro anclas en sus extremos.[1]

En 1732, a bordo del Santiago mandó una expedición a Oran con 54 buques y 30.000 hombres, y rindió la ciudad, si bien cuando se marchó, Bay Hassan logró reunir tropas y sitiarla. Lezo retornó en su socorro con seis navíos y 5.000 hombres, logrando ahuyentar al pirata argelino tras reñida lucha. No contento con esto, persiguió su nave capitana de 60 cañones, que se refugió en la bahia de Mostagan, baluarte defendido por dos castillos fortificados y 4.000 moros. Ello no arredró a Lezo, que entró tras la nave argelina despreciando el fuego de los fuertes, incendiándola y causando además grave ruina a los castillos. Patrulló después durante meses por aquellos mares, impidiendo que los argelinos recibieran refuerzos de Estambul, hasta que una epidemia le forzó a regresar a Cadiz.

El rey le ascendió en 1734 a teniente general de la Armada. Regresó a América con los navíos Fuerte y Conquistador en 1737 como comandante general de Cartagena de Indias, plaza que tuvo que defender de un sitio (1741) al que la había sometido el ataque del almirante inglés Edward Vernon. La excusa de los ingleses para iniciar un conflicto con España fue el apresamiento de un barco corsario comandado por Robert Jenkins cerca de la costa de Florida. El capitán de navío Julio León Fandiño apresó el barco corsario, y cortó la oreja de su capitán al tiempo que le decía (según el testimonio del inglés): «Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve.». A la sazón, el tráfico de ultramar español se veía constantemente entorpecido e interrumpido por los piratas ingleses. En su comparecencia ante la Cámara de los Lores, Jenkins denunció el caso con la oreja en la mano, de ahí que los ingleses conozcan el conflicto como «Guerra de la oreja de Jenkins».

Vernon estaba envalentonado tras el saqueo de la mal guarnecida plaza de Portobelo (Panamá), y el inglés desafió a Lezo, a lo que el marino español contestó: «Si hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera su Merced insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía».

LA SEGUNDA MAYOR ESCUADRA NAVAL DE TODOS LOS TIEMPOS

La flota inglesa, la agrupación de buques de guerra más grande que hasta entonces había surcado los mares (2.000 cañones dispuestos en 186 barcos, entre navíos de guerra, fragatas, brulotes y buques de transporte, y 23.600 combatientes entre marinos, soldados y esclavos negros macheteros de Jamaica, más 4.000 reclutas de  Virginia bajo las órdenes de Lawrence Washington, medio hermano del futuro libertadorGeorge Washington, superaba en más de 60 navíos a la Gran Armada de Felipe II. Esta flota ha sido la segunda más grande de todos los siglos, después de la armada que atacó las costas de Normandia en la Segunad Guerra Mundial. Para hacerse idea del mérito estratégico de la victoria, baste decir que las defensas de Cartagena no pasaban de 3.000 hombres entre tropa regular, milicianos, 600 indios flecheros traídos del interior, más la marinería y tropa de desembarco de los seis únicos navíos de guerra de los que disponía la ciudad: el Galicia que era la nave Capitana, el San Felipe, el San Carlos, el África el Dragón y el Conquistador. Blas de Lezo, sin embargo, contaba con la experiencia de 22 batallas. Fue una gran victoria con una enorme desproporción entre los dos bandos.

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Ataque de la flota de Lord Vernon a Cartagena de Indias

Tan colosal derrota de los ingleses aseguró el dominio español de los mares durante más de medio siglo hasta que lo perdió en Trafalgar, cosa que la historia inglesa no reconoce. Humillados por la derrota, los ingleses ocultaron monedas y medallas grabadas con anterioridad para celebrar la victoria que nunca llegó. Tan convencidos estaban de la derrota de Cartagena que pusieron monedas en circulación que decían en su anverso: «Los héroes británicos tomaron Cartagena el 1 de abril de 1741» y «La arrogancia española, humillada por el almirante Vernon».

Fue justo lo contrario. Fue la derrota más importante que tuvo nunca Inglaterra. Con sólo seis navíos y 2.830 hombres, y mucha imaginación, Blas de Lezo derrotó a Vernon, que traía 180 navíos y casi 25.000 hombres.

El héroe falleció en dicha ciudad al contraer la peste, enfermedad generada en la ciudad por los cuerpos insepultos ocasionados por los sucesivos combates. Algunos años mas tarde se concedió a la familia Lezo el marquesado de la Real Defensa, quedando perpetuada de este modo, sus hazañas en Cartagena de Indias.

Pocos fueron los que acudieron a su entierro por temor a las represalias de Eslava, Virrey de la ciudad. Este último había tenido continuados enfrentamientos con Blas de Lezo a causa de las decisiones tomadas en la defensa de la ciudad durante el sitio inglés.

LA GRAN BATALLA DE CARTAGENA DE INDIAS

En el siglo XVIII los ingleses, ya jubilados de la piratería y convertidos en una respetada potencia marítima, decidieron cortar la yugular del sistema de flotas atacando Panamá. Su plan era partir la América española en dos y luego lanzarse como rateros sobre sus prósperas ciudades.
Para que la rapiña tuviese visos de honorabilidad se buscaron una excusa: la oreja del capitán Jenkins, cortada por un español por comerciar ilegalmente en Florida. “Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”, le dijo el capitán Juan Fandiño a Jenkins, mientras le devolvía el apéndice auditivo. Jenkins volvió a Londres y la armó en la Cámara de los Comunes, mostrando su amojamada oreja como prueba del delito. La batalla estaba servida. Se la conoció como la Guerra de la Oreja, probablemente el nombre más curioso de cuantos se han puesto a los conflictos que han tenido lugar en América.
En diciembre de 1739 el almirante Andrew Vernon se presentó ante Portobelo con la idea de borrarlo del mapa, cosa que hizo sin demasiada dificultad. El gobernador español se lo esperaba, hasta tal punto que pidió que la plata de la Armada del Sur no fuese trasladada a Portobelo. Una victoria pírrica que interrumpió la flota de Los Galeones y poco más. América era muy grande, y los españoles estaban por todas partes.
Fuerte de San Fernando (Cartagena de Indias).El Almirantazgo británico, que, para variar, había subestimado a su enemigo, planeó asestar el golpe definitivo al imperio español en Cartagena de Indias, el puerto más importante del virreinato de Nueva Granada. Cartagena era por aquel entonces un abigarrado cruce de caminos. Cosmopolita y floreciente. Sus calles estaban jalonadas por palacetes barrocos e iglesias. Tenía catedral, y hasta tribunal de la Inquisición propio.
Lo mejor de la ciudad eran, sin embargo, sus defensas. Era la plaza mejor fortificada de América. La bahía que servía de antesala al puerto era una peligrosa cazuela flanqueada de fortalezas artilladas y listas para achicharrar vivo al que se internase de matute en aquel desventurado brazo de mar. Los bastiones de San Felipe y San Luis o el fuerte de El Manzanillo son el testimonio en piedra de una larga historia de abordajes fallidos con olor a pólvora. Dieciocho veces intentaron ingleses y franceses hacerse con Cartagena. Nunca lo consiguieron.
Los ingleses habían planeado el asalto con sumo cuidado. Vernon no quería dar un paso en falso, de modo que no escatimó medios ni hombres para rendir la ciudad. Reunió en Jamaica una asombrosa flota, la más grande desde la Gran Armada española, que se había estrellado contra Inglaterra dos siglos antes. La componían 186 navíos, 23.600 hombres y 3.000 piezas de artillería.
Nada en el mundo podría oponerse a semejante alarde de fuerza bruta. No existía puerto ni flota que pudiese siquiera soñar con repeler el ataque de tal mastodonte flotante. Lo que Dios había dado a los españoles por las buenas, Vernon se lo iba a quitar por las malas.
Cartagena de Indias.En Cartagena sólo había seis barcos de la Armada, y apenas 3.000 hombres para defender la plaza. Sebastián Eslava, virrey de Nueva Granada, nervioso e intranquilo al ver lo que se le venía encima, pidió socorro a La Habana, donde paraba la Real Armada del almirante Torres. El aviso nunca llegó, probablemente porque los ingleses capturaron el navío que lo llevaba. Estaba solo. Él y su opulento virreinato. Cuando llegase a Madrid la noticia de la derrota ya sería demasiado tarde: Cartagena de Indias habría pasado a ser un inexpugnable puerto inglés.
Solo, lo que se dice solo, no estaba. Tenía a Blas de Lezo, un marino de leyenda cuyo nombre causaba terror entre los británicos. Había nacido en Pasajes, un pueblo de Guipúzcoa, y era la viva expresión del héroe guerrero. Había perdido una pierna en Gibraltar, un ojo izquierdo en Tolón y un brazo en Barcelona; todo, luchando contra los ingleses, a quienes había apresado 11 navíos militares y otros tantos piratas. Le llamaban, con cierta sorna no exenta de admiración, “medio hombre”.
Vernon, enterado de que Blas de Lezo se encontraba entre los sitiados, le envió un mensaje desafiante, recordándole lo de Portobelo y haciéndole saber que sus días de gloria tocaban a su fin. El guipuzcoano, vacunado contra la altanería británica, le suministró una dosis de bravata española:
Si hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera Usted insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía“.
Ese fue el fin de la correspondencia, al menos con Lezo. Seguro de la victoria, despachó a Inglaterra un barco con la noticia del triunfo y el encargo de acuñar medallas conmemorativas. Tal fijación tenía Vernon por su oponente español que especificó que, en las medallas, apareciese la escena de Blas de Lezo arrodillado entregándole las llaves de la ciudad. Se quedó con las ganas, y todo por vender la piel de oso antes de cazarlo.
monedasdevennon
El 20 de marzo de 1741 la imponente flota de Vernon apareció en Bocachica, la entrada a la bahía de Cartagena. Los baluartes costeros no daban abasto. Para rendirlos, el almirante inglés ordenó un cañoneo intensivo, día y noche sin dar pausa a los artilleros. La fortaleza de San Luis cayó después de haber recibido 6.068 bombas y 18.000 cañonazos, según apuntó Lezo diligentemente en su diario. No había nada que hacer: el fuego era de tal intensidad que los defensores se replegaron hacia el recinto amurallado.
Eslava ordenó hundir los buques de la Armada que quedaban a flote para dificultar el avance inglés. Vernon se abrió camino y desembarcó. El 13 de abril comenzó el asedio de la ciudad. La situación era desesperada: faltaban alimentos y el enemigo no daba tregua. El 17 de abril la infantería británica estaba ya a sólo un kilómetro del castillo de San Felipe. A esas alturas Blas de Lezo había decidido luchar hasta el final, hasta su último suspiro. Muerto antes que derrotado, como en Numancia.
Convencido de que la victoria era posible, trazó un ingenioso plan. Hizo excavar un foso en torno al castillo para que las escalas inglesas se quedasen cortas al intentar tomarlo. Aprovechando que tenía a los mandados con el pico en la mano, les ordenó cavar una trinchera en zigzag, así evitaría que los cañones ingleses se acercasen demasiado y podría soltarles a la temida infantería española en cuanto reculasen. Su última artimaña fue enviar a dos de los suyos al lado inglés. Se fingirían desertores y llevarían a la tropa enemiga hasta un flanco de la muralla bien protegido, donde serían masacrados sin piedad.
El plan del general funcionó a la perfección. Los soldados británicos fueron cayendo en todas las trampas. Las escalas se demostraron insuficientes y hubieron de abandonarlas; al replegarse les esperaban los infantes en las trincheras, con la bayoneta oxidada y sedienta de sangre. El descalabro ante el castillo de San Felipe desmoralizó a los ingleses, que, además, se habían abierto muchos más frentes de los que podían permitirse. Vernon, el engreído Sir Andrew Vernon, se había revelado como un incompetente incapaz de vencer a 850 españoles harapientos y famélicos capitaneados por un anciano tuerto, manco y cojo.
El pánico se apoderó de los casacas rojas, que huyeron despavoridos tras la última carga española. Los artilleros abandonaron sus cañones y cargaron a bayoneta, al grito de: “¡A por ellos, matad a los herejes!”. Mano de santo. Los ingleses salieron en estampida hacia la costa.
La abadia de Westminster.La batalla había dado la vuelta. Los cadáveres no sepultados que se pudrían al inclemente sol del Caribe hicieron aflorar la peste, que se cebaría a gusto con los ingleses en los días siguientes. Incapaz de mantener las posiciones, Vernon ordenó la retirada. Había fracasado estrepitosamente. Tan sólo acertó a pronunciar, entre dientes, una frase: “God damn you, Lezo!“.
Para calmar su mala conciencia, le envió la última carta: “Hemos decidido retirarnos, pero para volver pronto a esta plaza, después de reforzarnos en Jamaica”. A lo que Lezo respondió con ironía: “Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque esta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres”.
Los ingleses nunca volvieron, ni a Cartagena ni a importunar los puertos del Caribe, que siguieron siendo hispanos hasta que decidieron ser hispanoamericanos. La factura, simplemente, no se la podían permitir.
Pasarían dos siglos hasta que se reuniese una flota mayor sobre el océano. Sería en el Canal de la Mancha, durante el Desembarco de Normandía.
La humillación fue tal que el rey Jorge II prohibió hablar de la batalla y que se escribiesen relatos sobre ella. A Vernon no se le pidieron responsabilidades, y a su muerte fue enterrado con honores en la abadía de Westminster.
Blas de Lezo corrió una suerte muy diferente. Su país le olvidó y murió solo, de peste, en Cartagena de Indias. Nadie sabe dónde fue enterrado. España es así de ingrata con los hombres que mejor la han servido. Cartagena y los colombianos le siguen recordando, y mantienen viva la memoria del día en que un español de acero asombró al mundo propinando un sonoro bofetón a la arrogancia británica en la cara de su general más prestigioso.

Su memoria en la actualidad

Su memoria es honrada por la Armada Española, donde su nombre se recuerda con el mayor honor que puede rendirse a un marino español, siendo costumbre que exista un navío de la Armada bautizado con su nombre. El último, una fragata de la clase F-100, la Blas de Lezo (F103), que encalló en 2007 durante unos ejercicio de la OTAN en Escocia, curiosamente, no es el único barco con este nombre que sufre percances, ya que el crucero Blas de Lezo se perdió en 1932 al tocar un bajío frente a Finisterre. Existe una placa en su honor en el Panteón de Marinos Ilustres en San Fernando (Cádiz) donde reposan Héroes de la Real Armada Española.

Sin embargo, aunque las proezas de Blas de Lezo estén a la altura de los más grandes héroes de la historia, es un personaje prácticamente olvidado. Actualmente, la empresa española DL-Multimedia está preparando un documental sobre su vida para los canales Historia y Odisea. Además, aunque cuenta con calles en Valencia, Málaga, Las Palmas de Gran Canaria , San Sebastián o Pasajes su ciudad natal, se están recogiendo firmas[2] para dedicarle una calle en la capital de España, Madrid.

Bibliografía

  • En el sexto tomo de Nicolas Lenglet-Dufresnoy, Méthode pour étudier la géographie, París, 1741, se agrega como addendum de última hora, un Diario del sitio de Cartagena en América, escrito anónimamente por un español y traducido al francés por el propio embajador de España en Francia, Luis Rigio y Branciforte, príncipe de Campoflorido, Grande de España.
  • Narración de la defensa de Cartagena de Indias contra el ataque de los ingleses en 1741, publicada por Cristóbal Bermúdez Plata en Sevilla (1912).
  • Dos relatos anónimos publicados por Juan Manuel Zapatero: Diario puntual de lo acaecido en la invasión hecha por los ingleses a la plaza de Cartagena, tardíamente publicado por Manuel Ezequiel, escritas por «un paisano» y publicadas en La Habana.
  • Dos relatos que Guillermo Hernández de Alba hizo públicos: Diario de Enrique Forbes, teniente en el regimiento de Bland y las Noticias de la Provincia de Cartagena de Indias escrita el año 1772.
  • Tobías Smollet, Authentic papers related to the expedition against Carthagena, publicada por Jorge Orlando Melo en su Reportaje de la historia de Colombia, Bogotá: Planeta, 1989.
  • Blas de Lezo, el malquerido, Carlos Alonso de Mendizábal. España, Dossoles, 2008.
  • Don Blas de Lezo. Defensor de Cartagena de Indias, Gonzalo Quintero Saravia. Colombia, Planeta, 2002.
  • El vasco que salvó al Imperio Español. El almirante Blas de Lezo, José Manuel Rodríguez. España, Altera, 2008.
  • Biografía del Caribe, libro tercero, capítulo XVI: «Relato del almirante inglés y el cojo Don Blas», Germán Arciniegas. Editorial Sudamericana SA, 1966.
  • El día que España derrotó a Inglaterra, Pablo Victoria. Editorial Áltera.
  • senyeracabecera
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8 comments

  1. La historia no tanto se niega a revelar como venció Blas de Lezo a la Corporación Británica, sino que, aún se niega a confesar verdaderamente que fue lo que venció o retardó Blas de Lezo en la historia. Pero, hoy nos podemos dar cuenta del poder supranacional de los masones y su plan de monopolización mundial; ellos, en todos estos siglos se han encargado de la dirección de la gran fábrica de mentiras ideológicas; con el fin de producir armas, guerras, guerrillas, préstamos, pobreza, mercado negro, expropiaciones, saqueos, etc… Solo para que en todo el mundo domine la razón de la Corporación Británica.
    Ellos, en Cartagena de Indias, con la segunda flota naval más grande conocida hasta ahora en la historia, pretendieron instaurar el inicio de su soberanía y lengua mundial, y a la vez, vengarse del terror de sus piratas y saqueadores; pero resultó que si no se “viengan” a Jamaica, Blas de Leso los mata a todos.
    La dirección masónica mundial preparó ese escenario de desamparo y traición en Cartagena de Indias, para adueñarse de América e humillar a Blas de Leso, pero salieron trasquilados. Décadas después, cuando vencieron a Napoleón Bonaparte, en Trafalgar y Waterloo, profundizaron el cuento de las falsas independencias americanas, para que creyéramos que en América, somos libres, y no los volviese a espantar otro Blas de Leso.
    http://www.lucasblancoacosta.com/medio-hombre.php

  2. orgulloso tenemos que estar todos los españoles de este heroe que lucho por su patria hasta su muerte ,medio hombre le decian ,no estoy deacuerdo ,el gran hombre y gran marino y estratega diria yo y corto me quedo de adjetivos para este heroe español que engrandecio a españa con sus victorias en todos los mares .gracias señor

  3. “Los ingleses nunca volvieron, ni a Cartagena ni a importunar los puertos del Caribe, que siguieron siendo hispanos hasta que decidieron ser hispanoamericanos. La factura, simplemente, no se la podían permitir.” Al margen de que Vernon estuvo a sus anchas en el Caribe durante año y medio más, los ingleses capturaron La Habana en 1762.
    “Pasarían dos siglos hasta que se reuniese una flota mayor sobre el océano. Sería en el Canal de la Mancha, durante el Desembarco de Normandía.” Antes y después hubieron armadas mucho mayores.
    “La humillación fue tal que el rey Jorge II prohibió hablar de la batalla y que se escribiesen relatos sobre ella. A Vernon no se le pidieron responsabilidades, y a su muerte fue enterrado con honores en la abadía de Westminster.” Nunca se prohibió escribir sobre Cartagena y el episidio aparece en todas las historias navales escritas en Inglaterra desde que se produjo la batalla.

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